El ala médica de la mansión Miller, usualmente un lugar de silencio y convalecencia, amaneció convertida en una zona estéril.
No hubo necesidad de que el sol terminara de despuntar sobre el horizonte de Miami para que el aire se cargara con el olor penetrante del alcohol isopropílico y la tensión eléctrica de una ejecución inminente.
Magnus Miller, cuya paranoia se alimentaba del silencio excesivo de su hijo y de la nota que aún quemaba en su pensamiento, no había dormido. Sus ojos, enrojecido