El eco de la cerradura al encajar fue el disparo de salida para una realidad que ya no podían contener. En la penumbra de la suite, solo rota por la luz mortecina de la luna que se filtraba entre las cortinas de seda, Alexander y Helena se miraron como dos supervivientes tras el naufragio.
El aire pesaba, cargado de la adrenalina residual de la gala y del asco que aún le recorría a Helena la columna vertebral.
— Él me tocó, Alex… — el susurro de Helena fue apenas un hilo de voz quebrado — Puso