En la suite de Helena, el aire estaba cargado con el perfume de las orquídeas blancas y el aroma punzante del miedo.
La noche de la gala no comenzó con música, sino con el sonido metálico de un pacto sellado en la penumbra.
Alexander, impecable en un esmoquin que parecía una armadura de seda negra, sostenía un sobre de papel crema entre sus dedos largos y firmes.
— Ábrelo — ordenó él con voz baja.
Helena, sentada frente al tocador, lo miró a través del espejo. Su vestido, de un azul medianoche