El aroma del café inunda la casa cuando bajo al comedor. Es temprano, pero ya hay movimiento. Camino con calma, como si el peso de la noche anterior no me estuviera quemando por dentro. Como si no la sintiera aún en mi piel, en mis manos, en mi m*ldita cabeza.
Arielle está sentada a la mesa, con la espalda recta y la mirada fija en su taza. Su cabello dorado cae sobre su hombro, desordenado de una manera que me dice que no durmió bien. «Perfecto. Porque yo tampoco»
Se tensa apenas cuando me ac