«¡No lo puedo creer! Estoy sobre el escritorio del despacho de Edward Valmont » sigo para mis adentros.
Y es que es el mismo lugar donde ayer ví entrar y salir a empresarios, gente con trajes de miles de dólares y secretos que valen aún más. Nunca imaginé que terminaría aquí… así. Con las piernas abiertas y la piel erizada por el frío de la madera bajo mis muslos y el calor de su cuerpo acercándose al mío como una tormenta.
Mi camiseta es un escudo inútil. Ligero, suave, apenas una caricia