Camilo la condujo de espaldas hacia la inmensa cama, sin romper el contacto hambriento de sus bocas. Con una destreza casi quirúrgica, las manos del militar buscaron el cierre invisible del vestido de satén negro. El tejido se deslizó por las curvas de Megan como agua oscura, revelando la palidez de su piel expuesta a la luz intermitente de los relámpagos que fracturaban el cielo de la capital. Ella soltó un suspiro trémulo cuando el aire fresco de la habitación la rozó, una sensación que fue r