La mañana siguiente comenzó con una atmósfera gélida y opresiva dentro del despacho real. Megan no había logrado pegar el ojo en toda la noche; las sábanas de su cama parecían de plomo. El fantasma implacable de la fotografía de los tenis blancos con hilos de plata la había perseguido segundo a segundo en la oscuridad, y el pánico latente a ver su carrera política, su reputación y su vida privada completamente destruidas la mantenía con el estómago revuelto. Esperaba, con el pulso tembloroso, q