Las probabilidades entre ambos eran ridículamente desproporcionadas.
—Apuesto cincuenta mil dólares —dijo Faustino—. No apuesto más porque me da miedo que alguien no pueda pagar.
El empleado no rechazó la petición de Faustino.
—Bien, Faustino, cincuenta mil dólares.
Bajo el nombre de Faustino apareció la apuesta de cincuenta mil dólares.
Los espectadores estallaron en risas.
—¡Este pendejo está apostando por sí mismo!
—Tiene buena cara pero parece que le falla el cerebro. Si quería ganar algo, d