Las luces de la ciudad parpadeaban bajo una llovizna intermitente. En una esquina estratégica frente al edificio residencial de la corporación Valenti, un auto sedán gris permanecía con el motor apagado. En su interior, un hombre de mirada esquiva y chaqueta oscura sostenía una cámara con un lente de largo alcance. A su lado, un fajo de billetes de alta denominación descansaba sobre la guantera, el pago inicial que Camila había transferido desde la cuenta fantasma de las islas Caimán.
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