La vieja casa de la playa quedó atrás, envuelta en las luces azules y rojas de las patrullas policiales que terminaban de acordonar la zona. El eco de los gritos histéricos de Camila y las maldiciones ahogadas de Alejandro se perdía en la inmensidad del rugido del océano, transformándose en un ruido insignificante ante la inmensidad de la noche. La tormenta que había amenazado con destruir el litoral comenzaba a replegarse, dejando una llovizna fina y un viento gélido que limpiaba la atmósfer