El sótano de seguridad del muelle este era un espacio confinado, de gruesas paredes de hormigón armado donde el eco de las olas rompiendo contra los pilotes del puerto llegaba como un murmullo sordo y rítmico. Una única bombilla halógena colgaba del techo, proyectando una luz cruda sobre el rostro demacrado de "El Cuervo". El mercenario estaba atado a una silla metálica atornillada al suelo, con las ropas mojadas por la llovizna exterior y el rostro surcado por hilos de sangre. Frente a él, M