Alejandro entró a la oficina de Camila como un torbellino de furia desatada. Arrojó la carpeta de cuero contra el gran ventanal y pateó una de las sillas auxiliares, haciéndola rodar por el suelo de parquet. Tenía la corbata floja, la camisa empapada de sudor y una expresión de pánico salvaje que Camila nunca antes le había visto.
—¡Saben todo, Camila! ¡Todo! —rugió Alejandro, pasándose las manos por el cabello revuelto—. ¡Esa maldita Carolina Valenti sabe lo de las cuentas fantasmas en las