El silencio que se instaló en el imponente despacho de la corporación Valenti era casi sólido. La pequeña cadena de oro con el dije de timón brillaba bajo las luces del techo, actuando como un anzuelo psicológico arrojado con frialdad. Alejandro no apartaba la vista de Carolina, buscando el más mínimo parpadeo, una alteración en su respiración o un temblor en sus dedos que delatara a la ingenua Andrea que alguna vez creyó dominar.
Sin embargo, frente a él ya no quedaba nada de la mujer sumis