El amanecer en Manhattan parecía uno de esos cuadros perfectos: un cielo anaranjado pintando los rascacielos y el murmullo de la ciudad despertando poco a poco. Pero dentro de la mansión Thornhill, la calma era un espejismo.
Margaret estaba en su despacho privado, con una bata de seda color marfil, su cabello recogido en un moño impecable y un café humeante sobre el escritorio. Frente a ella, Willow, con un vestido ajustado de terciopelo negro, la observaba con la misma expectación de una fiera