El reloj del salón marcaba las ocho de la noche con un tic-tac constante y ominoso cuando Isabella Moreau descendió del auto negro que la había traído hasta la mansión Thornhill, sus tacones altos resonando como un eco de determinación en el camino empedrado. La luna llena bañaba con luz plateada los jardines meticulosamente podados, donde fuentes susurraban y estatuas de mármol vigilaban como guardianes silenciosos, mientras las ventanas de la residencia centelleaban como faros de lujo y poder