El salón estaba en silencio absoluto, como si las palabras venenosas de Willow y Margaret hubieran congelado el aire. Los murmullos, las risas ahogadas y las miradas cargadas de juicio se evaporaron en un instante cuando Aldric Thornhill apareció en el umbral. Su sola presencia llenaba el espacio: alto, imponente, con el porte de un emperador que no necesitaba anunciar su poder.
Los ojos de Aldric, oscuros como la tormenta, barrieron la sala. Y su voz, grave y cortante como el filo de una espad