La luz del amanecer se filtraba apenas por las cortinas del ático de Aldric, bañando la habitación en un resplandor dorado que contrastaba con la intensidad cruda de la noche anterior. Bianca se deslizó silenciosamente fuera de la cama, cada músculo de su cuerpo aún sensible, recordándole con cada movimiento las caricias firmes y la pasión devoradora que habían compartido.
Aldric dormía profundamente, el rostro relajado, el cabello oscuro desordenado cayendo sobre su frente. Esa imagen le apretó el corazón con una fuerza que casi la hizo desistir. Por un instante, deseó acurrucarse de nuevo contra su calor, perderse en su respiración tranquila y olvidar el peso que la esperaba. Pero no podía. No ahora.
Se inclinó, rozó con un beso suave su piel y le susurró, apenas audible, un “te amo” que no se atrevió a pronunciar en voz alta. Sobre la mesita de noche dejó una nota escrita con mano temblorosa:
"Aldric, por favor, no intervengas. Esta es mi batalla, y necesito enfrentarla sola. Confí