El auditorio del colegio estaba impregnado de ese olor característico a pegamento, cera de colores y el perfume combinado de decenas de padres ansiosos. Audrey se sentó en la tercera fila, con un nudo en la garganta que apenas le permitía pasar saliva. Había reservado el asiento contiguo con su bolso, un gesto de esperanza residual que se sentía cada vez más patético a medida que los minutos avanzaban. Las luces se atenuaron y el murmullo de las otras familias se convirtió en un coro de suspiro