Audrey terminó de acomodar las mantas sobre Emma y Matthew, quienes habían caído rendidos tras el agotador viaje emocional al hospital. Ver a su abuelo rodeado de cables y monitores los había dejado inusualmente callados, y a ella, con el corazón en un puño. Al regresar, Gael la había dejado en la puerta con una mirada cargada de promesas silenciosas y una advertencia sobre la batalla legal que se avecinaba, una que Audrey aún no sabía cómo procesar.
Ahora, sola en la penumbra de su habitación,