La penumbra de la habitación parecía absorber cualquier rastro de la furia que Audrey traía desde el hospital. Allí, el tiempo no transcurría entre pitidos de monitores cardíacos ni olor a antiséptico, sino entre el aroma a sándalo y la calidez de tres cuerpos que respiraban al unísono. Audrey, tras un largo debate interno frente al umbral, terminó atravesando la estancia con pasos que no se atrevían a profanar aquel silencio sagrado.
Se detuvo al borde de la inmensa cama, observando la escena