El trayecto hacia el hospital fue un borrón de luces de neón y una presión asfixiante en el pecho que no la dejaba respirar. Al llegar a la unidad de cuidados intensivos, el olor a antiséptico y el pitido rítmico de las máquinas la devolvieron a una realidad que creía haber dejado atrás.
Allí, sentada en una silla de plástico rígido, estaba su madre. Parecía haber envejecido diez años en una sola tarde; su figura siempre impecable ahora lucía encogida y frágil. Al ver a Audrey, se puso en pie c