La luz de la lámpara de pie en la habitación de los gemelos bañaba el rincón de lectura con un tono ámbar y cálido, un contraste irónico con la frialdad que comenzaba a calar en el pecho de Audrey. Se había sentado en el sofá de terciopelo, con un libro de cuentos infantiles abierto sobre el regazo, mientras Matthew y Emma, ya enfundados en sus pijamas de algodón, se acurrucaban a sus flancos. El ambiente olía a lavanda y a hogar, pero la carga en los hombros de Audrey delataba que su mente est