El pequeño cuarto de sábanas se sentía cada vez más estrecho, pero no por el espacio físico, sino por la densidad de las palabras no dichas que flotaban entre Jennifer y Marcus. El aroma a suavizante de lavanda se mezclaba con el perfume costoso del rubio, creando una atmósfera embriagadora que hacía que a Jennifer le costara mantener los pies sobre la tierra.
—No podemos dejar a loa niños solos...
—Jennifer, mírame —pidió el rubio, su voz descendiendo a una octava más profunda, cargada de una