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Mientras tanto, en la paz del hospital, la atmósfera era radicalmente distinta. La suite de recuperación estaba sumida en una penumbra acogedora, iluminada solo por la lámpara de noche y el suave resplandor de los monitores.

Alessandro estaba sentado al borde de la cama, observando con una devoción casi religiosa a Audrey, quien sostenía al pequeño Maxwell, aunque todos ya lo llamaban cariñosamente el pequeño Di Giovanni. El bebé dormía plácidamente, envuelto en una manta de lana blanca, ajeno
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