El taxi dejó a Audrey frente a un almacén de ladrillo visto. El bolso con el dinero pesaba en su mano como si estuviera lleno de piedras. El miedo la paralizaba, pero el eco del llanto de su madre la obligaba a avanzar.
Al entrar, la luz era escasa. El olor a humedad y hierro oxidado la envolvió.
—¿Hay alguien aquí? —gritó con voz temblorosa—. ¡Tengo el dinero!
El eco de sus propios pasos en el hormigón frío parecía burlarse de ella. Audrey sentía que el aire del almacén estaba envenenado, carg