—¿Es ese? —preguntó Lydia en voz baja, entornando los ojos para ver mejor.
Trent guardó silencio. Apretó el volante y pisó el acelerador con más fuerza. La aguja del velocímetro subió de manera constante, y el zumbido del motor se hizo más grave hasta convertirse en un rugido áspero que llenó la cabina.
—Agárrense —ordenó con tono seco.
Un segundo después, el auto salió disparado.
La aceleración repentina los lanzó contra los respaldos. Naomi gritó, sin aliento, y llevó las manos al cinturón de