Los faroles se estiraban en trazos borrosos, como si la noche entera se desdibujara a su paso.
Lydia se aferraba al asiento; apretaba con tanta fuerza que se le blanqueaban los nudillos. Comenzó a respirar de forma irregular. Cada giro parecía demasiado brusco, cada acelerón la lanzaba bruscamente contra el asiento. El estómago se le revolvía con cada aceleración, mientras ella luchaba por pensar con claridad en medio del caos creciente.
—Trent, esto es demasiado peligroso —dijo, tratando de man