Lydia hizo un pequeño puchero, aunque no pudo contener la risa. Se acomodó el cabello un poco revuelto y cambió de postura para estar más a gusto.
Mientras tanto, Cale le acariciaba las puntas del cabello que caían sobre su hombro. Sus dedos se movían despacio, casi por inercia, como si esa caricia fuera ya una costumbre que siempre le devolvía la calma tras una jornada agotadora.
—Me gusta esta tranquilidad.
Lydia lo miró con curiosidad.
—Porque cuando todos se duermen... —Cale bajó despacio la