Cuando el auto se detuvo en el estacionamiento del centro comercial, Lydia bajó. Se detuvo un segundo y recorrió con la mirada los alrededores. La gente iba y venía; el ruido de los pasos se mezclaba con el de las puertas de los autos que se abrían y cerraban.
Nada parecía fuera de lugar. Aun así, una inquietud persistente no la dejaba en paz.
—¿Qué pasa? —preguntó Naomi desde el otro lado del auto.
Lydia se volvió enseguida, negó y le pasó un brazo por los hombros.
—Nada. Vamos. Apartó la sensa