La noche caía despacio sobre Portclair cuando el auto de Cale cruzó las rejas principales de la mansión Miller.
Las luces del jardín brillaban en hileras ordenadas y proyectaban reflejos dorados sobre el sendero de piedra, todavía húmedo por la lluvia de la tarde.
Tras un largo día de trabajo, aún llevaba los hombros tensos, pero en cuanto vio la casa alzarse tranquila frente a él, aminoró el paso.
—Bienvenido a casa, señor Miller —lo saludaron varios sirvientes al recibirlo.
Cale se limitó a as