—¡Maldición! —masculló Selena, sin molestarse ya en disimular su expresión.
Salió del jardín a paso rápido; los tacones golpeaban el sendero de piedra como una tormenta. La sonrisa que había forzado frente a Althea y las demás se le borró. Se le tensó la cara, apretó la mandíbula y empezó a respirar más fuerte de lo normal.
En cuanto entró a la casa, no miró ni a izquierda ni a derecha. Los sirvientes con los que se cruzaba bajaban la cabeza y se hacían a un lado sin que nadie se lo dijera. La f