Oscar levantó la cabeza despacio. Le costaba respirar; el pecho le subía y bajaba de forma irregular.
—Si te niegas —continuó Cale, con una calma sin ninguna amenaza evidente, y por eso mismo mucho más aterradora—, recuerda que tu hijo sigue aquí. Y no puedo garantizar lo que pase después.
Oscar cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas le resbalaron, una a una, en silencio.
—Está bien… está bien —dijo al fin, casi en un susurro—. Voy a llamar.
Le pusieron el celular en la mano. La pantalla se enc