El suave repiqueteo de la lluvia golpeaba la ventana de la oficina. Era tarde, pero las luces del último piso del edificio del Grupo Callister seguían encendidas con intensidad. Detrás de los amplios paneles de vidrio, Daven estaba de pie con el saco aflojado, contemplando las luces de la ciudad que se reflejaban en sus ojos cansados.
Habían pasado casi dos años desde que estableció una sucursal del Grupo Callister en Solaviz, una decisión que tomó para no tener que viajar constantemente entre A