—No puedo quedarme aquí sentada. ¿Cuánto más se supone que aguante?
El ruidoso timbre del teléfono cortó el aire. Se lanzó a tomarlo con el pulso acelerado de esperanza desesperada: James. Tenía que ser James.
Pero se le cayó el alma cuando vio el nombre en la pantalla. Krystal.
Torció los labios con fastidio, pero contestó de todos modos.
—¿Sí?
—Vanessa, soy Krystal. —La voz de su manager llegó tensa, agotada.
—Ya sé. ¿Crees que no tengo tu número guardado? —Vanessa se recargó contra la cabecer