La mansión respiraba a medias: se oía la radio baja en el salón, la máquina de café gorgoteando en la cocina, pasos que subían y bajaban como si nadie hubiera dormido. Nehir apareció en la cocina con el abrigo puesto aún, los ojos enrojecidos, las manos frías. Mirza ya estaba ahí, con dos tazas en la mesa, una luz tenue sobre sus hombros. Halil y Zeynep se movían en la sala contigua; Ayla permanecía sentada en el sofá, las manos cruzadas sobre una manta.
—No me lo vas a creer —dijo Nehir sin se