El día amaneció tenso, como si el cielo se hubiera contagiado del vértigo que invadía a Nehir. No hubo el canto de un solo pájaro; solo un silencio saturado de expectativas. Se vistió con el traje oscuro, recogió su cabello en un moño pulcro y respiró hondo frente al espejo: cada músculo del rostro le recordaba que, en pocas horas, demostraría al país entero quién era realmente Mirza Aslan y cuánta mentira había intentando aplastar su vida.
Al salir de su habitación, lo encontró esperándola en