El reloj ni siquiera había comenzado a sonar cuando Nehir se incorporó en la cama. Ni una alarma, ni un susurro. Su cuerpo despertó por inercia: el tipo de instinto que nace del miedo sostenido. El cuarto estaba en penumbra. La cortina de terciopelo apenas permitía que entrara luz de un cielo turquesa deslucido. Se puso de pie, sin quejarse. El espejo no devolvió sorpresa: solo reconocimiento.
El cabello negro azabache recogido con pinzas discretas. Los ojos azules aún más fríos que la noche. L