Dayana
Íbamos a más de ciento noventa kilómetros. Nos habíamos desviado; los chicos continuaron en la vía principal y nosotros seguíamos la ubicación de Rafa. Yo le indicaba; tenía su celular en la mano rastreando al pequeño.
—Los estamos alcanzando.
—Bien, porque debo regresar a darle soporte a los otros.
No dije nada, tenerlo de nuevo tan cerca, percibiendo su aroma… Estás jodida, Dayana. Volví a pensar en lo que pasó antes de subir a la moto con él.
Los chicos se habían puesto su traje, Sebas se fue en la camioneta. Mi hermano, Isaac y Ezequiel en motos con armas y lo que necesitarían. De mi parte, para no ponerle peso y restar velocidad, le entregué el morral grande a Bermúdez para que lo llevara en el carro y en un morral de brazos libres metí lo principal para primeros auxilios básicos.
—¿Por qué me escogiste como tu compañera?
—Porque lo eres. —Alzó la ceja—. ¿Te pusiste tu traje? —afirmé.
Fue una sorpresa cuando llegué y lo vi en mi lugar de trabajo en el cuartel. Demetrio