La tormenta la arrancó del sueño antes de que entendiera qué estaba pasando.
No fue el trueno. No fue el vidrio vibrando con la lluvia horizontal ni el crujido sordo del hotel resistiendo el viento. Fue el cuerpo. Una presión dura, cerrada, interna, que le apretó el abdomen durante unos segundos con una autoridad que no consultaba ni voluntad ni orgullo. Alice abrió los ojos de golpe en la oscuridad de la suite, todavía en la frontera entre dormida y despierta, y el primer pensamiento que tuvo