La línea de Liam decía:
Max tiene tus manos.
Alice la había leído la noche anterior con el teléfono entre los dedos y Max dormido en la cuna, ajeno a la forma en que una frase breve podía ocupar una habitación entera.
No era una frase grande.
No era una promesa.
No era una puerta abierta con ceremonia.
Era una observación simple. Precisa. Casi doméstica. Y quizá por eso había entrado donde otras frases, más elaboradas, no lograban entrar.
Max tiene tus manos.
Alice la había guardado en ese luga