El jueves llegó con el recuerdo del ascensor todavía instalado en el hombro izquierdo de Alice.
La visita del miércoles había terminado sin sobresaltos visibles. Liam había llegado a las cuatro, Max había reconocido su voz antes de que él terminara de saludar y la habitación 114 había sostenido, una vez más, esa rutina que ya no parecía prestada: la mecedora, el libro azul, la luz de la tarde entrando por la ventana y la palmera de Thomas al fondo del jardín interior.
Pero el cuerpo de Alice no