El cuerpo de Alice no se había quedado en la visita del miércoles. Se había quedado en el ascensor, en la salida estrecha, en ese margen mínimo entre su hombro y el de Liam cuando los dos cruzaron al mismo tiempo hacia el cuarto piso. La visita había terminado sin sobresaltos —Liam a las cuatro, Max reconociendo su voz, la mecedora, el libro azul, la luz de la tarde—, pero el hombro izquierdo seguía guardando aquel roce que no había sido roce.
La mañana avanzó con la eficiencia habitual. Noventa