La llamada de Reiss había durado cuatro minutos.
Alice lo supo porque la había contado sin intención, con esa automaticidad de quien mide las conversaciones que importan incluso cuando no quiere medirlas.
Cuatro minutos.
Reiss habló durante tres y medio.
El medio minuto restante fue Alice diciéndole exactamente lo que necesitaba decirle: sin más palabras de las necesarias, con la eficiencia de alguien que ha tenido suficientes conversaciones difíciles para saber que la brevedad no es descortesí