El primer prenupcial tenía la firma de una mujer que todavía creía que amar podía volver justo un contrato desigual.
Alice lo sostuvo sobre el escritorio de Thomas Miller mientras la luz de la mañana entraba por la ventana del despacho. El papel había envejecido poco, pero ella sí. Tres años atrás había firmado con una confianza que ahora le parecía casi ajena, no porque hubiera sido tonta, sino porque había estado enamorada con esa clase de fe que no revisa todas las puertas de salida antes de