La tercera visita de Margaret fue diferente desde el primer momento.
No por lo que hizo, sino por lo que dejó de hacer. No llegó al jardín con la postura de quien gestiona una situación ni con esa elegancia rígida que durante años le había servido para convertir cualquier espacio en una extensión de su autoridad. Llegó con el cuerpo de una mujer que había esperado durante semanas sin saber si el lugar que le habían permitido ocupar seguiría existiendo, o si cada visita dependería siempre de que