El anillo había vivido en el cajón del escritorio durante seis semanas.
No porque Alice lo hubiera olvidado ahí ni porque existiera alguna razón práctica para que siguiera guardado junto a documentos, sobres y el bolígrafo de Thomas. Estaba allí porque Alice había decidido, la noche en que Liam dijo sí en el bar, que el momento de ponérselo llegaría cuando supiera exactamente por qué lo hacía. Esa claridad no era capricho. Era la diferencia entre llevar un símbolo porque correspondía y llevarlo