Esa mañana Alice hirvió el agua dos veces.
La primera porque Max se despertó antes de que el café estuviera listo y ella fue a buscarlo con las manos todavía vacías y el sonido del hervidor que empezaba. La segunda porque cuando volvió con él en el portabebés el agua ya se había enfriado, y ese primer intento existía ahí como la prueba de que la noche anterior había costado más de lo que el cuerpo admitía en voz alta.
Durmió cinco horas y cuarenta minutos. Lo sabía porque había mirado el teléfo