Valeria llamó a las siete y algo, demasiado temprano para que fuera una cortesía.
Alice estaba frente al espejo del baño, cepillo en mano, mirando el mismo rostro de siempre y notando, como cada mañana, los cambios mínimos que nadie más debía notar todavía: un cansancio más profundo, un brillo extraño en los ojos, una curva casi inexistente que la ropa correcta podía negar.
—Alice —dijo Valeria, sin saludo—. Necesito que me escuches con calma.
Esa frase no era una introducción.
Era un aviso.
Ali