El restaurante olía a albahaca fresca y vino tinto.
Alice llegó siete minutos tarde. No por estrategia. Por náusea.
Había pasado los últimos veinte minutos en el baño de su oficina respirando profundo, contando hasta diez, repitiéndose que el estrés lo empeoraba todo. Pero el estómago le recordaba —con una insistencia que ya conocía demasiado bien— que no era solo estrés. Era su cuerpo marcando un ritmo propio, uno que ella no podía negociar.
Karl ya estaba ahí. Mesa del fondo. Esquina discreta.