Alessandro cumplió su palabra, instalándose en la suite principal de Aurora. No en el sofá, sino en la cama, manteniendo una distancia prudencial, con una almohada colocada como una frontera invisible. Era una vigilancia más íntima que cualquier abrazo.
Aurora intentó ignorarlo, pero cada respiración silenciosa de Alessandro en la oscuridad era un recordatorio de su rendición: su padre estaba vivo, pero ella estaba en la jaula, atada por el amor filial y la posesión de un hombre que había roto