La ejecución del Protocolo Cero de Contención no fue un ejercicio de simulacro; fue el despertar de la maquinaria de guerra que Alessandro Vieri había jurado mantener latente. En cuestión de minutos, la Mansión dejó de ser un hogar para convertirse en una bóveda de máxima seguridad. La orden era ley, y la ley se ejecutó con la precisión implacable que solo la Costa Norte puede permitirse.
Matteo Vieri, el Guardián de la Inteligencia, cuya furia se manifestaba como una eficiencia helada, fue el